Tanto rogué, tanto lloré, tanto, que finalmente accedió. Nos encontramos en mi ciudad. Volver a verlo después de dos meses me provocó un colapso en el sistema nervioso. Me senté, solemne, en su auto. Cuando me preguntó qué quería hacer, le dije que teníamos que hablar. Entonces manejó hasta una confitería. Una vez allí, encendí un cigarrillo. Estaba nerviosa. Él no me tocaba, no existía el contacto físico. Los dos estábamos conmovidos por el encuentro. Entonces le pregunté si queria un poco de mi cigarrillo; sorpresivamente me dijo que sí (¡supuestamente no fuma!) pero un segundo más tarde entendí todo. La forma como tomó el cigarrillo, rozando suavemente mis dedos, era casi tan erótica como la manera en que me estaba mirando.